Nicolás Flamel, un alquimista en León. (Arcaicos, 2).

Aproximadamente por estas mismas fechas, aunque dos años atrás, se publicaba una curiosa entrada en el blog “El Murrial”, de la que además, dimos buena cuenta en la radio: existió un alquimista en el León medieval. Si hablamos de alquimia, el conocimiento oculto que lleva a la máxima elevación terrenal y espiritual, posiblemente se plasme en nuestro cerebro el nombre de Nicolás Flamel, afamado en la última década gracias a las novelas y películas de niños magos, pero que, más allá de toda frivolidad, carga a sus espaldas con una historia muy real. El 2 de septiembre de 2010, publicábamos esta narración, un viaje de metamorfosis personal a través del Camino de Santiago que lleva a Flamel a la  capital leonesa de finales del siglo XIV, para entrar en contacto con algunos sabios que le abrirán los ojos…

NICOLÁS FLAMEL, UN ALQUIMISTA EN LEÓN

Desde los tiempos más remotos las leyendas han marcado las vidas de los hombres, y éstos han sentido una completa fascinación por ellas. Narran historias imposibles, hazañas protagonizadas por personajes casi fantásticos y permiten transformar en realidad los más extraños sueños y deseos. Una de esas leyendas que se ha mantenido casi intacta desde los tiempos medievales, nos habla del conocimiento de unos pocos elegidos capaces de transformar la materia a su antojo: son los alquimistas, responsables de la llamada Gran Obra, la alquimia.

Las cortes de los monarcas europeos de la Edad Media se llenaron de esta especie de magos iniciados, puesto que prometían al soberano la transmutación de cualquier metal en oro. Sin embargo ellos iban más allá, porque el alquimista no sólo buscaba riquezas, sino el desarrollo de una técnica que le proporcionaría el conocimiento absoluto. A través del estudio de documentos plagados de lenguaje simbólico, algunos afirmaron haber conseguido los tres pilares alquímicos: la llamada Piedra Filosofal o Polvo de Proyección, capaz de transformar los metales en oro, el Elixir de la Eterna Juventud, una sustancia que impedía la corrupción de la materia, y por último la consecución de la Gran Obra, que elevaría al individuo por encima del resto de los hombres.

El protagonista de nuestra historia fue un intelectual francés nacido en el norte del país, en una aldea cercana a Pontoise, hacia el año 1330. Su nombre, Nicolás Flamel. Procedía de una familia humilde, pero gracias a la colaboración de algunos religiosos, pudo alcanzar una buena educación y convertirse en escribano. Él vivió en el difícil contexto histórico de la Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre Francia e Inglaterra, pero no combatió sino que prefirió dedicarse a los libros. Cierto día, cuando estaba trabajando junto a su esposa Perennelle llegó a sus manos un extraño manuscrito…

• “Así pues, cuando tras la muerte de mis padres me ganaba la vida en nuestro arte de la escritura haciendo inventarios, cuentas, frenando los gastos de tutores y menores, me vino a las manos por dos florines un libro dorado muy viejo y amplio. No era papel ni pergamino como los demás, sino que era de cortezas (así me pareció) de tiernos arbustos. Sus tapas eran de fino cobre, grabado con letras y figuras extrañas”. 

El libro estaba lleno de dibujos incomprensibles, y de un texto escrito quizás en caracteres hebreos que Nicolas no llegó a entender. Era un lenguaje simbólico dispuesto sólo para los iniciados, y generaba una enorme frustración para quienes intentaban descifrarlo. Así, decidió enseñar el manuscrito a varios sabios de París, llegando a la conclusión de que era un libro de alquimia. Flamel empezó a hacer sus primeros experimentos sin resultado alguno, y mientras seguía estudiando y analizando el extraño texto con sus grabados, el tiempo fue pasando…

Habían transcurrido más de veinte años desde los primeros experimentos, y una nueva idea afloró en la mente de Nicolás Flamel: lanzarse a la peregrinación en la península Ibérica, con destino a Santiago de Compostela, buscando así el conocimiento oculto que se escondía a lo largo del Camino.

• “[…] cuando estaba a punto de perder la esperanza de entender estas figuras, hice una promesa a Dios y a Santiago de Galicia para buscar la interpretación de éstas en algún sacerdote judío de las sinagogas […].”

Flamel llegó a Santiago y cumplió su voto con el Apóstol, y a su regreso decidió detenerse en la ciudad de León. En el siglo XIV, León ya formaba parte de una entidad política mayor, la Corona de Castilla, y posiblemente nuestro peregrino llegó aquí por el tiempo en el que se estaban sucediendo los enfrentamientos entre Pedro I el Cruel y su hermanastro Enrique II. Aquí conoció a un mercader francés, que le puso en contacto con un sabio médico judío convertido al cristianismo, llamado Maese Canches.

En León existía una importante comunidad judía, asentada en las proximidades de la ciudad desde el siglo X, en el llamado “Castro de los Judíos”. Sin embargo, tras la destrucción de esta aljama por los ejércitos del rey de Castilla junto a su aliado aragonés, los supervivientes se asentaron en los arrabales urbanos formando una nueva comunidad situada en el entorno de la plaza de San Martín, en el “Barrio Húmedo”.

Maese Canches conocía la importancia del libro de Nicolás Flamel, y sus extraños secretos así que juntos comenzaron a descifrarlo. En las primeras páginas decía que había sido escrito por Abraham el Judío, un sacerdote y filósofo, y que estaba dedicado a la nación judía dispersa por el mundo. Desde León pusieron rumbo a Asturias, para regresar a Francia por mar, y mientras seguían descubriendo nuevos misterios entre los símbolos, llegaron a Orleáns, donde el maestro judeocristiano cayó enfermo y falleció.

Lápida de la tumba de Nicolás Flamel en el Museo Cluny de París

Ya en casa, Nicolas Flamel comenzó a practicar alquimia con los nuevos conocimientos adquiridos en su viaje, y como él mismo reconoce en su Libro de las Figuras Jeroglíficas, consiguió transmutar la materia a comienzos del año 1382. Esto nos podría parecer una gran fábula, de no ser porque los archivos medievales parisinos nos dicen que en los últimos años de su vida Flamel y su mujer Perennelle se dedicaron a la caridad, fundando y dotando 14 hospitales, 3 capillas y 7 iglesias, demostrando ser uno de los matrimonios más ricos de la ciudad. ¿Cómo consiguieron semejante riqueza?

El círculo de lo extraño se cierra cuando el matrimonio muere hacia 1413-1415 y son enterrados en una capilla parisina. En ese momento, Nicolas era tremendamente longevo para la época, pues tenía cerca de 80 años. Cuando décadas después se fue haciendo popular la historia del alquimista, alguien planteó la posibilidad de abrir su tumba y acabar con los rumores, pero la sorpresa fue mayúscula porque allí sólo había enterrados unos tablones de madera. ¡Sus cuerpos no estaban allí!.

¿Se había cumplido la Gran Obra? Si hacemos caso a la lógica, lo más fácil es pensar que sus cuerpos no habían sido enterrados allí, pero la historia narrada nos induce a la idea de que el matrimonio había conseguido la Piedra Filosofal y el Elixir de la Vida Eterna. Un conocimiento oculto entre las comunidades hebreas de las calles de León, descubierto por uno de los filósofos más conocidos de la Historia. Pero esto es imposible… ¿o no?.

• [Textos literales tomados del “Libro de las Figuras Jeroglíficas“, atribuido a Nicolás Flamel]. 

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