Las fuentes borbónicas de la ciudad de León. (Arcaicos, 7).

A pesar de todos los problemas que acechan a las gentes de hoy, nunca está de más recordar que vivimos en el momento más desarrollado de la historia de la cultura occidental. Aquel famoso aforismo que promulga la idea “cualquier momento pasado fue mejor”, no siempre se cumple en el caso de la Historia, y es más, tiende a equivocarse.

Si tuviéramos la oportunidad de transitar por las calles de nuestra ciudad o localidad hace cien, o doscientos años, nos toparíamos con un panorama difícil de asimilar. El pasado estuvo marcado por la presencia de lo rural, incluso también en el mundo urbano, y cualquier comodidad a la que hoy nos hemos habituado, sería visto por nuestros antecesores como una evidencia de opulencia.

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Partiendo de estas ideas, y aplicando el modelo a la evolución urbana, el 12 abril del año 2011 publicábamos un post que planteaba el acercamiento hasta uno de los momentos más importantes de la historia de la ciudad de León: la llegada del agua corriente a nuestras calles. En un rápido recorrido a pie, éramos testigos de la presencia de fuentes monumentales erigidas en el siglo XVIII para mayor gloria de los reyes que aparecen como firmantes en las mismas piedras. Disfrutad con el paseo y animaos a descubrir, con vuestros propios ojos, los manantiales urbanos que la casa de Borbón instaló en León hace más de doscientos años.

LAS FUENTES BORBÓNICAS DE LA CIUDAD DE LEÓN

A mediados del siglo XVIII las ciudades españolas mostraban un aspecto decadente y casi irreconocible para nuestros días: calles sucias y mal saneadas, escaso abastecimiento de aguas públicas y oscuridad en las noches ante la ausencia de alumbrado.

Los cambios no tardarían en llegar desde el momento en que Carlos III se puso al frente de la corona en el año 1759. El nuevo rey, adalid del Despotismo Ilustrado, llegaba a Madrid procedente de tierras italianas, donde había protagonizado un buen gobierno al frente de Nápoles y Sicilia, y estaba al tanto de las grandes novedades urbanísticas que se gestaban en Europa.

Acompañado de un abundante consejo de asesores, entre los que destacaban nombres como el marqués de Esquilache o el genial arquitecto Sabatini, se puso en marcha la transformación de Madrid, la capital: calles más amplias, espacios abiertos, adoquinado urbano, obras monumentales o iluminación nocturna fueron parte de su herencia. Pero también buscó que la ciudad disfrutara del agua, pues se construyeron grandes fuentes ornamentales bajo la influencia clásica como las de Cibeles, Neptuno o Apolo.

Si en Madrid eran necesarios los cambios, qué vamos a decir de las ciudades secundarias, como León… Pero aquí también llegaría la mano de Carlos III, aunque en menor medida. El gran objetivo era el suministro de agua pública, creando espacios que sirvieran para el abastecimiento y también la decoración. Había que cambiar la cara a la ciudad, y para ello se construyó un depósito principal en Puerta Castillo, en el mismo lugar por el que en otro tiempo entraba el acueducto romano al viejo recinto militar.

En 1786 se levantaba la fuente de San Marcelo, en pleno centro urbano, tal y como indica la placa que todavía allí se conserva: “Reynando Carlos III”. Sólo un año después, el agua llegaba a la plaza de San Isidoro, con una obra monumental en la que todavía hoy podemos ver el guiño hacia los que entonces, se consideraban fundadores de la ciudad: la VII legión. Además de la gorgona Medusa que expulsa el líquido elemento por su boca, en la parte más alta, un león sostiene una columna romana con las signa militares.

A medio camino entre dos reyes, Carlos III y Carlos IV, se construye la fuente del Caño Badillo, una de las más olvidadas y deprimidas de la ciudad. Será éste último monarca, el artífice de las grandes fuentes monumentales de la ciudad. La primera de ellas, Neptuno, dedicada al dios del mar y colocada hoy en los jardines de San Francisco (aunque durante mucho tiempo vigiló a la catedral desde la plaza de Regla para después ser trasladada hasta la plaza Mayor).

La segunda la encontraremos en uno de esos lugares de León que ha permanecido inalterable al paso del tiempo: la plaza del Grano. También de tiempos de Carlos IV data su majestuosa fuente, que representa a dos niños que no son otra cosa que los ríos Torío y Bernesga abrazando una columna, símbolo de la ciudad.

Pero si buscamos una de las más antiguas, la encontraremos a medio camino entre la plaza Mayor y la plaza de San Martín, en pleno barrio Húmedo. Un pequeño caño, adosado a la iglesia de la misma advocación, que data de la época del último de los Austrias, Carlos II, aunque fue reconstruida en el siglo XIX por Carlos IV.

Sólo hemos dado unas pequeñas pinceladas con esta entrada, pero ojalá este breve recorrido por las “fuentes borbónicas” de la ciudad de León sirva para despertar el interés por lo desconocido de la historia, y los tesoros urbanos, que demasiado a menudo permanecen ajenos a nuestros pasos.

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