Sobre J.R.R. Tolkien: una aproximación al creador de la Tierra Media.

A finales del siglo XIX, el extremo austral del continente africano era un tierra dividida y deseada por las grandes potencias europeas. Desde la llegada de los holandeses en el siglo XVII, Sudáfrica se había convertido en un recinto colonial muy codiciado, cuyo valor estratégico aumentaba con su especial emplazamiento como punto de paso para las naves que circunnavegaban la tierra emergida, a través del Cabo de Buena Esperanza. La intromisión de Gran Bretaña impuso su dominio en la franja más meridional, motivando que esta región pasara a formar parte del Imperio hasta los primeros años del siglo XX. No habían transcurrido demasiadas décadas desde el hallazgo de los grandes yacimientos de oro y diamantes, y de la fundación de la ciudad de Bloemfontein, cuando en una de sus casas, nacía el pequeño John Ronald Reuel Tolkien, primogénito de una joven familia de cuatro miembros.

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A pesar de que el mundo entonces, estaba dominado por el Imperio británico, la ciudad de Bloemfontein formaba parte del Estado Libre de Orange, un islote bóer en el que los ingleses no constituían una élite social ni gozaban de los privilegios impuestos por la colonización. Los primeros años de su vida, los pasó junto a sus padres en aquel extremo del mundo, pero pronto su salud empezó a deteriorarse, y fue necesario un cambio de destino. Su madre, Mabel Suffield se llevó a sus dos hijos a Inglaterra, donde conocerían la noticia de la trágica muerte del cabeza de familia. Sin ingresos, Mabel tendría que sacar adelante a los niños, gracias en parte, a la presencia benefactora del Padre Francis Morgan, un sacerdote católico que ayudó y proporcionó consuelo a la familia, sobre todo desde la trágica muerte de Mabel, que dejaba dos hijos al amparo de las buenas voluntades. Francis Morgan se convirtió en un padre tan espiritual como terrenal para los dos hermanos, que continuaron creciendo y educándose bajo su supervisión. Esta educación, profundamente tamizada por el cristianismo, tendrá un reflejo determinante en la obra de Tolkien y en el mundo que habría de ser creado sobre el papel.

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J.R.R. Tolkien, siendo poco más que  un adolescente, y Edith Bratt

Cuando apenas había cumplido los 16 años, J.R.R. conoció a la que sería la mujer de su vida, una joven un poco mayor que él y que vivía en su misma residencia. Por ser una pieza clave en nuestra historia, su nombre debe ser recordado: Edith Bratt. La relación entre ambos se fue consolidando entrada la veintena, hasta el extremo de que ella se convirtió en el soporte fundamental de su vida. Cariñosamente, él la llamaba “Luthien“, como la doncella nacida para narrar la mitología de “El Silmarillion“, la dama más hermosa entre los hombres y los elfos, cuyo valor fue tan grande que no dudó en entregar la eternidad a cambio del amor que sentía hacia Beren, un mortal que no era sino el reflejo más profundo del propio Tolkien. El relato de Luthien y Beren, que tomará forma escrita en los años posteriores, nace del aliento de Edith y John Tolkien.

Pero en medio de tanta felicidad, las aguas empezaban a manar turbulentas en Europa y se escuchaban demasiado próximos, los tambores de la muerte. En 1914 el mundo se agita, estalla la I Guerra Mundial, la que fue llamada Gran Guerra, y Tolkien debe acudir a filas. Es destinado a un regimiento de fusileros y sirve en el frente durante algunos meses de 1915. Afortunadamente para él, la tan manida “fiebre de las trincheras” transmitida por mesnadas de piojos envió a Tolkien a casa, aunque con la mente repleta de los terribles momentos que había tenido que contemplar. Sin duda, aquella experiencia no sería olvidada jamás. Algunos de sus biógrafos opinan que fue en aquel tiempo de guerra inmóvil, cuando comenzó a trazar los primeros esbozos de todo un mundo creado y que más tarde habría de reunir en “El Silmarillion“.

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“Beowulf”, uno de los poemas medievales más importantes de la literatura anglosajona

La guerra estaba provocando la desaparición de varias generaciones de jóvenes prometedores, pero los supervivientes y quienes podían escapar a su horror debían continuar con sus vidas. Tras graduarse en Lengua y Literatura inglesas, Tolkien y Edith se casaron en 1916, y pronto empiezan a llegar sus hijos. A partir de aquellos momentos, y especialmente a raíz de la estabilidad internacional, el autor comienza su meteórica carrera académica, que le llevaría a convertirse en uno de los filólogos más reputados del país, aunque no exento de la crítica destructiva que merodea imperecedera sobre el ambiente universitario. Varios colegios mayores, así como los focos del saber en Leeds y Oxford, serían sus siguientes destinos, y poco a poco algunas de las obras más importantes fueron tomando forma. Los estudios sobre Sir Gawain y el Caballero Verde, o sobre Beowulf y su relación con los monstruos, fueron doctos antecedentes mientras su cabeza iba gestando una obra inmortal: la creación de la Tierra Media.

Todo comienza en “El Silmarillion“, donde Tolkien vuelca su legado como gran creador de cosmogonías. A pesar de la influencia recibida gracias al estudio y conocimiento de las grandes sagas mitológicas, desde los relatos de las islas al mundo escandinavo, pasando por los principales poemas épicos como el Kalevala finlandés, fue capaz de imaginar un mundo propio en el que los personajes archiconocidos del cosmos de los “elementales”, asumen roles diferentes. También fue tomando forma “El Hobbit”, un cuento infantil bien conocido por sus hijos, que terminaría incluido en el universo de la Tierra Media al revelar la historia de Bilbo Bolsón y el descubrimiento del Anillo Único. Fue precisamente este momento, el que sirvió de perfecta conexión con la obra que llegaría después: “El Señor de los Anillos”, un texto fatigoso y prolongado durante más de una década de ardua elaboración.

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Tumba de Tolkien y Edith, o también de “Beren y Luthien”. (Imagen: frikarte.com)

Los años finales de su vida, vienen marcados por su jubilación en Oxford, y la muerte de algunos de sus seres más queridos, entre ellos el también escritor C.S. Lewis, autor de “Las Crónicas de Narnia”. Pero sin duda, el punto de inflexión llegaría en 1971, cuando su querida dama de los elfos fue llamada a cumplir el pacto con la condición mortal. Edith Bratt murió, y Tolkien quiso que en su lápida se escribiera el nombre “Luthien, como la llamaba cariñosamente. Todo un símbolo de amor y admiración. No pasarían muchos meses hasta que él mismo siguiera sus pasos, atravesando el vasto océano hacia las Tierras Imperecederas. John Ronald Reuel Tolkien se fue en el año 1973, dejando el legado de un mundo de extraordinaria fantasía, plagado de símbolos que todavía hoy apasionan a los lectores. El último testigo lo recogió su hijo Christopher, responsable de la publicación de “El Silmarillion” así como de muchos poemas inconclusos que son nuevas puertas al fascinante mundo de la Tierra Media.

(Si queréis saber más sobre la vida y la obra de este autor, os dejo dos referencias más que interesantes que he encontrado en la web: este artículo, frikarte.com y el blog tolkiensemanal). 

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