“Sobre Escritos y Escritores”: Horacio Quiroga

Vengan conmigo, no tengan miedo. Es posible que la frondosidad de este paisaje les abrume, o tal vez se asusten al escuchar el rugido de las bestias que lo habitan. Sucede a menudo, pero no pasará nada, se lo aseguro. Mientras no se detengan y sigan caminando por esta senda de tierra bermeja, todo irá bien. Sé que les cuesta respirar. Hoy hace mucho calor y la humedad penetra en la piel y en los pulmones, pero así es la selva. Al menos la suerte está de nuestro lado, no parece que vaya a llover. Pronto llegaremos a la cabaña. Cerca de ella discurre el curso dulce de un riachuelo y allí podrán refrescarse. Por cierto, ¿pueden oírlo? es el paso del agua que salta por la catarata para estallar en un horizonte inferior. Maravilloso. Ya queda poco. Ah, se me olvidaba; lo de los mosquitos es inevitable. Seguro que no tardarán en acostumbrarse a eso, y a otras cosas peores… ¿Ven aquellas ruinas? Son los restos de las misiones de la Compañía de Jesús. Los jesuitas estuvieron por aquí hace siglos y… miren, ahí está. Quizás les parezca que tiene aspecto frágil pero indudablemente, esa es la cabaña que buscamos. El tipo delgado que nos clava la mirada escondiendo su rostro entre un matojo de barbas desaliñadas es nuestro hombre. No se fíen de las apariencias. Pueden resultar engañosas. Les presento al maestro del relato latinoamericano, don Horacio Quiroga.

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Mi primera aproximación a la obra de este magno cuentista uruguayo fue a través de dos relatos sombríos, que al mismo tiempo se encuentran entre los más celebrados de sus escritos: “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”. En ellos, la muerte planea desde las alturas como una sombra inevitable mientras la narración asfixia progresivamente a los personajes y al propio lector, especialmente en el segundo de los ejemplos. Pronto nos daremos cuenta de que el estilo plasmado sobre el papel, es fiel reflejo de la vida del autor.

Porque algunas biografías parecen estar guiadas por los hilos de la fatalidad, marcadas por tragedias que rozan lo absurdo de la casualidad imposible, y orientadas hacia un destino no menos desdichado. Desde sus primeros años, Horacio Quiroga fue testigo de las muertes violentas de su padre primero y de su padrastro más tarde, hechos que sin duda, definirían su personalidad. Buscó un refugio lejano, estableciéndose algunos meses en París, pero aquella aventura no daría los resultados esperados.

Con la publicación de su primer poemario, disfrutó de un remanso de tranquilidad a la vuelta del siglo XX, aunque ese mismo año lo fatal se volvió a hacer tangible. Accidentalmente un arma se le disparó de las manos acabando con la vida de su amigo Federico Ferrando, otro de esos grandes escritores en ciernes. La huida, en este caso, se orientó hacia el origen profundo de la selva, enrolándose en una expedición para el estudio de las misiones jesuíticas. Ese viaje cambiaría su vida.

Bajo la influencia de maestros del género como Edgar Allan Poe o Guy de Maupassant, su obra escrita siguió avanzando en medio del constante tumulto existencial. En la selva llegaron buenos momentos, al lado de Ana María Cires y los dos hijos que tuvo con ella. Los paisajes y sensaciones de aquel entorno serían la inspiración de su curiosa narrativa infantil, cuentos protagonizados por los animales de la selva misionera. Pero la muerte, no tardó en volver a asomar su gélido rostro. Intensamente trágica. Profundamente dolorosa. Ana María, incapaz de amoldarse a semejante cotidianidad, terminó por quitarse la vida.

Buenos Aires se convertiría en un hálito de esperanza para Horacio Quiroga. De vuelta a la sociedad, siguió escribiendo relatos, quizás los mejores, que se publicaron en 1917 en la obra “Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte”. Más tarde llegaría otra de sus recopilaciones más destacadas, “Cuentos de la Selva”, en 1918. El resto de su vida, osciló en una constante alternancia entre la ciudad y la jungla misionera. Aparecieron nuevos amores, nuevas obras y por supuesto, nuevas desdichas. El final de su vida, como no podía ser de otra forma, estalló de un modo abrupto, tajante. Enterado de una enfermedad incurable, quiso adelantarse al tiempo con un vaso de cianuro que puso punto y final a una trayectoria tan oscura como luminosa en el terreno de las letras.

Si aquí hemos querido dar especial relevancia a la vida de Quiroga, es precisamente porque si su camino hubiera sido distinto, a buen seguro también su obra sería otra. Es habitual entre los escritores que los textos se nutran de las vivencias personales, pero éste es un ejemplo que se atreve a ir más allá. El dolor y la muerte de una vida plagada de sufrimiento se manifiesta en una narrativa estampada sin tamiz, arrojada al mundo para depurar a los fantasmas del pasado. No dejen de leerlo, a ser posible aprovechando la soledad de una noche lluviosa. Con semejante escenario, las palabras de Quiroga harán el resto.

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