“Sobre Escritos y Escritores”: Stephen King

La niebla descendió desde las montañas con las últimas horas del atardecer, extendiéndose suavemente hasta formar un manto turbio que dificultaba la visión. Era bastante habitual que por aquellas fechas, el frío acariciara el rostro con un gélido tacto de hielo y la noche se adueñara de todo demasiado pronto.

A las afueras de la ciudad, en los albores de un bosque desgastado por la deforestación, las luces oscilantes de un coche se aproximaron hasta alumbrar el lateral de una vieja caravana doble con aspecto de casa familiar. Aparentemente no había señales de vida en el interior. El vehículo avanzaba despacio, esquivando con precisión las piedras del camino y los baches que rebosaban agua sucia. Le precedía toda una sinfonía de estertores de motor malherido, y más bien parecía moverse por el simple empuje de la voluntad. Con una maniobra pasiva el vehículo quedó mal estacionado a pocos metros de la puerta. Cuando el motor se apagó, el paraje respiró en calma.

La puerta del conductor se abrió con un chirrido lastimero, como si el movimiento hubiera sido realmente doloroso. Un tipo enorme, de veintitantos años, salió al exterior no sin esfuerzo. Al cerrar se escuchó otro lamento. El hombre sostenía una cartera en la mano derecha, y con la izquierda se aferraba los pliegues del abrigo para ahuyentar el frío. De inmediato sintió que los gruesos cristales de sus gafas de pasta oscura se humedecían en el ambiente nebuloso. Caminó algunos pasos hacia la entrada mientras se escuchaba de fondo el ruido de coches lejanos que funcionaban mejor que el suyo. Se detuvo para mirar hacia atrás. La ciudad ya estaba iluminada aunque apenas era visible entre la bruma. Después giró la cabeza y observó su casa. Cerró los ojos y resopló. Aquella realidad le consumía lentamente. Le aplastaba. Le devoraba. Aunque tal vez estaba exagerando y simplemente padecía el cansancio normal de una persona que ha gastado sus fuerzas en el inútil empeño de enseñar los fundamentos gramaticales del lenguaje a un montón de alumnos apáticos.

Inspiró hasta llenarse los pulmones para calmar la ansiedad. Sólo le apetecía llegar a casa y servirse algo de beber. Las últimas horas le habían quitado el apetito. Al girar la llave cedió la cerradura, la puerta se abrió y un olor dulzón a madriguera sellada se estrelló contra su cara. En el interior sólo había oscuridad y silencio. Al encender las luces comprobó que también había un hueco para el desorden. «Los niños… son como una tormenta», pensó. Tal relación de conceptos le devolvió a su clase y a los adolescentes asilvestrados que había dejado atrás, al menos hasta el día siguiente. Aquello no sirvió para animarle.

Se dejó caer sobre el desvencijado sofá de muelles y éste también protestó al recibir su peso. Durante un rato simplemente clavó la mirada en el techo. Después apoyó la cabeza sobre una mano dejando que la mente se fuera volando, muy lejos de allí. No tardó en retornar. Por un instante se había visto reflejado en el espejo del futuro. Si todo seguía igual, tras una década seguirían viviendo en aquella casa o en algún sitio peor, en medio de un matrimonio apático que sólo luchaba por pagar las facturas. Él se convertiría en un tipo barbudo y desaseado, con una inmensa barriga que mantendría en forma a base de cervezas. No era un destino prometedor, sin duda. Imaginó que sus hijos se avergonzarían de él al llegar a cierta edad, y que incluso los demás chicos del instituto utilizarían la penosa imagen del padre indolente y borracho, para pasar un buen rato a su costa.

Esa idea le llevó inmediatamente a otra. Al parecer, las conexiones neuronales habían encajado instantáneamente. Recordó la historia de la chica acosada en clase. Se le había ocurrido hacía algunos meses, mientras trabajaba en la lavandería. Entonces pensó que podría ser un buen argumento para un relato, pero no había empezado a escribirlo. Quizás ahora tendría oportunidad. Con el turno de noche, su mujer no llegaría hasta la mañana y con ella volverían los chicos. Además, aquel silencio podría ser un buen aliado de la escritura.

Se puso ropa cómoda, llenó un vaso con líquido estimulante, y se sentó delante de la máquina de escribir. Antes de teclear, esbozó en su mente las ideas básicas del relato, en el que se mezclaba el drama de una chica adolescente y el misterio de la telequinesis. Después, comenzó a martillear sus pensamientos sobre las teclas.

Al cabo de un rato el borrador había alcanzado una extensión de tres páginas a doble espacio. Analizó el resultado de su trabajo. Lo leyó un par de veces y se frotó la cara. No le gustaba. Pensaba que no era bueno, que no tenía potencial narrativo y que todo aquello había sido una pérdida de tiempo. Apuró lo que le quedaba en el vaso. Miró su reloj asombrándose del paso del tiempo. A la mañana siguiente tendría que volver a vestirse de domador para lidiar con las fieras del aula, así que decidió poner rumbo hacia el dormitorio. Por última vez dio un vistazo a las tres hojas mecanografiadas, las arrugó y las convirtió en basura. Después apagó las luces y se olvidó de todo. De su trabajo mal pagado, de las facturas que no cesaban, de las estrecheces de su casa, del coche estropeado, de la niebla y el frío de Maine, y por supuesto de Carrie White, la protagonista del borrador recién escrito que, al menos por esa noche, dormiría en la papelera.

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En 1969 el mundo estaba cambiando y Estados Unidos era uno de los motores de la transformación. Los conflictos derivados de la división en bloques comenzaron a impregnar la mentalidad de la clase ciudadana, que reaccionaba criticando la labor de su gobierno y exigiendo los derechos sociales reclamados durante toda la década. Richard Nixon acababa de instalarse en la Casa Blanca, y mientras la guerra de Vietnam monopolizaba buena parte de su política exterior, la NASA calentaba los motores del cohete Saturno V para poder cumplir la promesa del difunto presidente Kennedy: plasmar la huella de un norteamericano en la superficie de la Luna. Aquel año en el que los Beatles se despidieron desde la azotea londinense de Apple Corps. y la mente siniestra de Charles Manson conmocionó la conciencia colectiva, en una pequeña universidad de la costa este, Steve King clavó su mirada en la estudiante de historia y poeta aficionada, Tabitha Spruce.

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Poco más de un año después se casaron. Apenas habían conocido la veintena, pero es de suponer que hace cuatro décadas la vida era ligeramente distinta. Steve tenía un título de maestro por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Maine, con el que pretendía encontrar trabajo como profesor, aunque la escritura seguía siendo una costumbre prioritaria.

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Las cosas no se ponían fáciles. Cumplidos 26 años Stephen King ya era padre de dos hijos, aunque la amargura acechaba como una sombra negra. De vez en cuando algunos de sus relatos se publicaban en revistas masculinas, donde el texto se imprimía salpicado de anuncios de contactos. Aquellas escasas ganancias literarias eran una gran ayuda para la familia, que veía pasar los meses sin demasiada esperanza. Steve en una lavandería y Tabitha trabajando por turnos en el Dunkin’ Donuts.

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Lo que nunca o casi nunca pasó por su mente fue abandonar la escritura. Escribía durante los descansos del trabajo, o bien por las noches, cuando sus obligaciones como padre y maestro se lo permitían. Porque, por aquellas fechas, Steve consiguió trabajo como profesor de lengua en una localidad cercana. Ganaba un poco más, pero la familia todavía vivía en una caravana doble. No tenían teléfono porque no podían pagarlo. Tampoco podían arreglar su viejo coche con problemas en la transmisión. Y la carrera de King como escritor permanecía estancada. Por todo eso no dejó su trabajo en la lavandería.

Es curioso, cómo a veces, el destino de las personas está marcado por acciones cotidianas, aparentemente sin importancia. Un caso claro, es el de Tabitha King. La mujer que desde los veinte años hasta el presente a estado a su lado, eclipsada por el brillo del escritor, en un reservado segundo plano. Pero su importancia en la obra de Steve y en su carrera literaria es tan grande, que quizás sin ella la realidad habría sido muy distinta.

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El momento clave de su biografía está a punto de llegar. Comienza en el momento que una historia se dibuja en su mente. Una historia relacionad con la telequinesia y sus hipotéticas manifestaciones en la adolescencia. Escribió un borrador de tres páginas a doble espacio protagonizado por una chica llamada Carrietta White. Cuando terminó y releyó el texto, se sintió decepcionado. El argumento le aburría y tampoco le gustaba la protagonista. Además se sentía incómodo con la exploración de los personajes y sentía que aquella historia sólo tendría fuerza si se escribía como una novela corta. En ese formato, jamás sería publicada como un relato en las revistas habituales, de modo que decidió desechar la idea.

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Al cabo de unas semanas la novela estuvo terminada. Su título, simplemente “Carrie”. Enviaron una copia a la editorial Doubleday y siguieron con sus rutinas, sin esperar nada a cambio. Cierto día, mientras Stephen King corregía exámenes en la sala de profesores le avisaron de una llamada. Su mujer estaba al otro lado, para comunicarle que había llegado un telegrama de la editorial. Doubleday compraba “Carrie” y adelantaba 2.500 $ a su autor. Todavía tendría que pasar casi un año hasta que saliera a la venta, en la primavera de 1974, pero ahí comenzó todo. Las ventas se dispararon con la edición en bolsillo. El resto ya lo conocemos. Una carrera de casi cuarenta años como escritor de éxito, comparado con los más grandes de la literatura y galardonado con el honorífico calificativo de “maestro del terror”.

(Los testimonios literales que aparecen en esta entrada proceden de su autobiografía en la edición castellana: KING, S., Mientras Escribo, Plaza y Janés, 2001).
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