Esparta, las Termópilas y el cine histórico

No hace ni un puñado de días que se ha estrenado la innecesaria secuela de “300”, una de las películas más admiradas desde el punto de vista de lo visual, y también más criticadas por el gremio de los historiadores, que por otra parte y aunque no suelen carecer de razón, a menudo les falta piedad cuando juzgan los productos destinados a la gran pantalla. Si la primera parte se presentaba con un simple numeral por título, esta segunda presume del añadido “El origen de un imperio”.

Francamente, y conociendo la historia a la que pretende aludir, no acabo de entender muy bien a qué se refiere ese origen imperial, pero quizás no hay nada que entender si pensamos en el orden de su gestación: es una continuación basada en una película anterior que generó buenos dividendos, que a su vez se basaba en un cómic, que al mismo tiempo bebió mucho de la invención de su autor, del cine “de arena y sandalias” y quizás, en el mejor de los casos, de las únicas fuentes indirectas que sin estar presentes en el lugar de los hechos, nos han legado un relato de lo sucedido. Pese a todo, merece una reflexión.

Hollywood y las grandes factorías tienen la habilidad de marcar tendencia en la sociedad, esto es innegable, y por lo tanto también deciden cuándo se pone de moda un pasaje histórico concreto. Todavía recordamos ejemplos recientes como la fiebre medieval por William Wallace tras “Braveheart” (1995), el despertar del “cine de romanos” con “Gladiator” (2000) o los debates suscitados a raíz de ejemplos como “Troya” (2004), “Alejandro” (2004) o “El Reino de los Cielos” (2005). Todas ellas llaman la atención del espectador y fabrican un tipo de crítico iracundo y exacerbado, ansioso por ver reflejada sobre la pantalla la misma historia que aparece en los libros y que no perdona ni una línea de más en el guión. Es posible que el problema resida en el modo en que entendemos estos productos. Aunque se le ponga mucho empeño y voluntad, jamás llegarán a ser profesores de Historia.

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Es cierto que son obras en las que prima el entretenimiento por encima del rigor, que fomentan ideales novelescos alejados de la realidad y que dibujan personajes heroicos de rasgos exagerados, pero hay algo en ellas que nos resulta muy beneficioso. Y ese algo es precisamente su mayor carencia. Estas películas despiertan el interés del público por un determinado tema, generan inquietud social por conocer más del pasado (algo que reconozcámoslo, no es nada habitual) y lo que es más importante, nos dan la oportunidad de contar la realidad de la Historia. El cine histórico, como otros productos que usan lo vivido como envoltorio de sus narraciones, no debe ser entendido como una lección de realidad, sino como una ocasión de conocer la realidad.

¿De qué otro modo le iba a interesar al ciudadano tipo de un país cualquiera, por ejemplo, la historia del rey de una polis griega del siglo V a.C., la organización social de su pueblo o el modo de hacer la guerra de su ejército si no estuviera presentada del modo que Frank Miller ideó para su “300” en versión cómic? No hace falta que nadie responda. Gracias a esto, y sobre todo a la adaptación cinematográfica de Zack Snyder, la figura del rey Leónidas de Esparta se ha hecho universal, y la batalla de las Termópilas ya no suena a un eco lejano.

Dicho lo cual en forma de opinión personal, y para que todo esto tenga sentido, lo mejor es predicar con el ejemplo, de modo que aquí y ahora, y tomando como punto de partida la ficción de “300“, vamos a hablar de la realidad de Esparta y las Termópilas, de un pueblo que junto al ateniense marcó las pautas políticas de la Grecia antigua y del que todavía, a día de hoy, se desconocen muchos aspectos de sus estructuras fundamentales.

NOTA: Este esquemático mapa debería incluir una área número 4, constituida por los asentamientos griegos en Occidente nacidos de la expansión colonial desde el siglo VIII a.C., pero hemos decidido no incluirla por su escasa incidencia en los acontecimientos descritos.

¿Por dónde empezar a hablar de esta historia? Quizás lo mejor sería ubicar el escenario. Si hay que establecer un epicentro del mapa griego en la Antigüedad, éste bien podría ser el mar Egeo. Al sur de los Balcanes se extiende la mayor parte de la masa territorial, un espacio irregular definido por el clima, los accidentes geográficos y las diferencias entre el interior y las líneas costeras. Pero la historia helena no puede entenderse de espaldas al mar, porque Grecia también es la infinidad de islas de mayor o menor tamaño, y por supuesto, las ciudades establecidas al otro lado del Egeo, en la llamada costa de Asia Menor.

Hacia Oriente, el Imperio persa se había formado y expandido desde el siglo VI a.C., sometiendo a los estados vecinos bajo el mando de sus héroes fundacionales, Ciro de Persia y posteriormente Cambises, conquistador del país de los faraones. El cetro unificador se extendía desde el rocoso corazón de Asia hacia Mesopotamia, Egipto, Siria, las costas del mar Caspio, las orillas del mar Negro, la península de Anatolia con sus reinos, y por supuesto, las ciudades griegas de Asia y las tierras de Tracia al noreste de Grecia. Fue uno de los imperios más extensos de la Tierra y su poder se mantuvo firme durante generaciones, hasta la llegada de Alejandro.

En la imagen superior izquierda podemos ver lo que Frank Miller imaginó como la famosa división personal del emperador persa, “Los Inmortales”. Debajo, la misma idea para la película “300”, donde la guardia de élite se representa al más puro estilo “ninja”. A la derecha, un relieve vidriado procedente del palacio del rey Dario, en la ciudad de Susa, nos muestra la visión real de ésta unidad de infantería.

Parecía inevitable que la expansión persa chocara con la civilización helena en Occidente, como así sucedió. Las ciudades griegas de la costa de Asia Menor, pasaron a manos del gran Imperio, pero no tardaron en alzarse en rebeldía por la presión económica, comercial y militar. Todo comenzó en Mileto, una de las más importantes cunas del pensamiento, donde la sublevación derivó en el desarrollo de un modelo democrático que pronto se extendió a otros núcleos próximos. El emperador Darío I el Grande ordenó poner fin a semejante agitación y envió una expedición que combinaba tropas terrestres con la flota naval. La revolución fue aplastada en el año 494 a.C., pero en la mente del señor de los persas se fraguaba el castigo definitivo sobre Grecia. En un intento de fortalecer su frontera occidental y ganarse la lealtad de las ciudades griegas, organizó una expedición militar para dominar las “poleis” del continente. Esta primera campaña persa no llegó a buen puerto, gracias en parte a una tormenta que devastó la flota. Pero por supuesto, el conflicto no terminaría ahí.

En el año 491 a.C., emisarios persas fueron enviados a las ciudades-estado griegas, exigiendo un tributo de tierra y agua, símbolos de sumisión al emperador Darío. Muchas aceptaron, pero otras como Atenas y Esparta rechazaron semejante demanda. Un año más tarde, la flota del Imperio persa con su descomunal ejército, se hizo a la mar. Sometieron varias islas del Egeo antes de desembarcar en la bahía de Maratón, situada a unos 40 kilómetros de Atenas, a los pies de una inmensa llanura entre las montañas y el mar. Aquel sería el primer escenario continental donde griegos y persas se enfrentaron en el contexto de las llamadas “Guerras Médicas”. Maratón terminó con una inesperada victoria de de los defensores atenienses. También sirvió para dejar constancia de la superioridad de la infantería pesada de hoplitas sobre el campo de batalla. Hubo de transcurrir un lapso de una década antes del siguiente encuentro, tiempo en que los rivales aprovecharon para poner en marcha sus propias estrategias, ordenar nuevos conceptos y prepararse para las batallas que estaban por llegar.

Dicen los textos de Herodoto, el padre de la historia, que a la llegada de las noticias sobre lo sucedido en Maratón, el emperador Darío organizó una nueva leva militar en todo el territorio. En esa década desde el 490 al 480 a.C., se sucedieron importantes acontecimientos en Oriente. Egipto, una de las provincias más ricas y estratégicas de Persia se alzó en rebeldía, y mientras se preparaba el castigo a los sublevados murió el emperador Darío. Le sucedió su hijo Jerjes, que no dudó en aplastar con firmeza cualquier atisbo de rebelión tanto en Egipto como posteriormente en Babilonia. Ahora les llegaba el turno a los griegos. Esta expedición tenía una importancia máxima como demuestra la presencia del propio emperador Jerjes al frente de sus tropas. Más allá de cualquier estimación numérica establecida por Herodoto, lo cierto es que los persas movilizaron uno de los mayores ejércitos vistos hasta el momento para avasallar por tierra y por mar, causando una profunda impresión entre los griegos.

Imágenes de Jerjes de Persia: a la izquierda podemos ver las representaciones tan idealizadas como fantásticas del emperador persa. Afeitado, musculado, semidesnudo y adornado de oro hasta el extremo fue imaginado por Frank Miller en el cómic y plasmado de igual modo en “300”, la película. A la derecha, una maravillosa miniatura extraída del blog jesusgamarra.blogspot.com.es donde vemos un Jerjes realista, basado en las representaciones de los palacios reales.

Cuando las noticias de la desproporcionada campaña militar persa llegaron a Grecia, las principales ciudades-estado se organizaron en torno a la llamada “Liga Helénica”. Otras se sometieron a la autoridad de Jerjes, en buena medida porque en su avance el emperador no les dejó más opción. El inmenso ejército, del que se decía que era tan numeroso que secaba los ríos cuando los hombres se detenían a beber, se desplazaba hacia el sur por el flanco oriental del territorio, muy cerca de la costa por donde también avanzaba la flota naval. Después de dejar Macedonia se internaron en el territorio de Tesalia, y fue ahí donde los griegos se dieron cuenta de que sólo había un lugar en el que podrían defenderse: el paso de las Termópilas, un estrecho desfiladero entre las montañas y el mar. Al frente de uno de los reyes de Esparta, Leónidas, se envió un ejército al paso para bloquear el avance de los invasores y al mismo tiempo, la flota griega en la que predominaban las naves atenienses, llegó al cabo de Artemisio, en el extremo norte de la isla de Eubea, con el objetivo de impedir un desembarco enemigo que fortaleciera las unidades terrestres. Todo estaba dispuesto para una batalla en la que iba a decidir el futuro de las “poleis”.

SOBRE LOS ESPARTANOS

Para conocer el origen de Esparta, debemos retroceder en las páginas de la Historia hasta los albores del primer milenio antes de Cristo. En la tierra de Laconia, al sur del Peloponeso, varias aldeas se agrupan en torno al río Eurotas para dar forma a un asentamiento de mayor relevancia. Sus guerreros no tardarán en abandonar las fronteras para convertir a Esparta en la principal potencia militar de la zona. Las tradiciones más antiguas hablan de un origen vinculado a la herencia de Heracles, el Hércules griego, y a la lucha por el poder entre varias tribus o familias rivales. De estos enfrentamientos casi legendarios, se constituye una diarquía, un modelo de realeza con dos coronas y dos ocupantes del trono. Los dos reyes de Esparta reparten sus funciones, y sólo uno de ellos se ocupa del mando militar. Bajo ellos se extiende una poderosa administración que en buena medida, articula toda la estructura política de la ciudad.

De la más alta nobleza procede un grupo de consejeros llamados éforos, respetados y honrados, ante quienes los monarcas deben prestar juramento. Bajo ellos se desarrolla una pirámide social definida por los derechos y obligaciones de los miembros que conforman cada uno de los escalafones. Los ciudadanos de pleno derecho eran llamados espartiatas, dueños de la tierra y grupo dominante. Bajo ellos estaban los periecos, comerciantes y artesanos con derechos restringidos y permiso para participar en el ejército. Por último encontramos a los ilotas, campesinos sometidos al trabajo de la tierra, dependientes de los señores o tal vez reducidos a cierto grado de esclavitud.

Esparta era una sociedad entrenada para la guerra, donde sólo se formaba a hombres perfectos. La selección de infantes desde la cima del monte Taigeto parece ser algo más que una simple leyenda. Siendo todavía niños, los varones eran apartados de sus familias y entrenados en barracones militares, donde se les enseñaba danza, canciones y poesía, además de practicar actividades deportivas. Caminaban descalzos para fortalecer sus pies, aprendían a soportar el frío y el calor, comían poco y formaban en la falange griega, unidad esencial de combate sobre el campo de batalla, donde por supuesto y como resulta fácil imaginar, no luchaban a pecho descubierto.

Y POR ÚLTIMO, LAS TERMÓPILAS

Reunida la Liga Helénica, se decide que el paso de las Termópilas, entre las montañas y el mar, es el único punto en que se puede hacer frente al descomunal ejército persa. Los espartanos marchan a la batalla con su rey militar a la cabeza, Leónidas hijo de Anaxándridas y un contingente no de 300, sino de casi 7.000 hoplitas acompañados por la flota naval, que hará frente a los barcos persas en la costa de Artemisio, al norte de la isla de Eubea. Llegan con tiempo a las Termópilas, y antes de que se pueda ver a Jerjes aprovechan para conocer el terreno y reconstruir un viejo muro en ruinas alzado en el pasado por los focenses para protegerse de sus enemigos del norte. Un grupo de mil de estos focenses, es destinado a las tierras del interior, hasta un paso de montaña que puede comprometer la seguridad de los defensores si se ven rodeados. Después, simplemente esperan.

Sencillo croquis que resume los tres días de la batalla de las Termópilas (480 a.C.). 1/ La lucha en el frente. 2/ El avance de los Inmortales por el sendero de Anopea. 3/ Rodeados; el fin de la batalla.

En el primer día de batalla, las lanzas y los escudos de los hoplitas son capaces de resistir las embestidas de los medos enviados por Jerjes. Evitan las flechas y también el ataque de la guardia de los Inmortales. El segundo día fue similar al anterior, aunque las bajas griegas ya son palpables. Es aquí donde toma forma la leyenda del traidor, del hombre que vende a los suyos a cambio de un puñado de monedas. Se le ha llamado Efialtes, posiblemente un pastor indígena conocedor de los pasos de montaña. Se presenta ante los persas y les habla de un sendero que atraviesa las cumbres y que desemboca en la espalda de los defensores.

Al tercer día, mientras la batalla continúa en las Termópilas, los Inmortales se adentran por el paso de Anopea, se topan con la guardia focense y no tienen demasiados problemas en seguir su camino. Las noticias llegan a oídos de Leónidas, que comprende la situación y lo que significa. Ordena entonces que los aliados griegos se retiren de allí, que regresen a casa. En el campo de batalla quedan algunos cientos de voluntarios y por supuesto, sus 300 espartanos más leales. Todo estaba listo para la derrota. Lucharon sin piedad, haciendo frente en formación abierta a las oleadas de persas que atacaban por cualquier flanco hasta que inevitablemente, su rey cayó muerto.

La caída del último defensor espartano marcó el comienzo de su leyenda, la de unos hombres heroicos capaces de entregar la vida por defender su tierra. Pero ahora el avance persa resultaba imparable. Atenas fue saqueada bajo el poder del rey de reyes, y el mar se presentó como el siguiente escenario del conflicto en la batalla de Salamina, donde la flota oriental resultó diezmada. Sólo un año más tarde, en la llanura de Platea, los griegos pudieron resarcirse de lo sucedido en las Termópilas. La derrota de Jerjes, que observó estos acontecimientos finales desde el otro lado del Egeo, en sus palacios de invierno, impulsó un fuerte sentimiento de unidad heleno. Se alzaron monumentos y se escribieron historias y poemas, pero como ha sucedido a lo largo del tiempo, la memoria de los hombres es demasiado frágil y las ciudades-estado que un día se unieron contra un enemigo común, no tardarían en enfrentarse entre ellas, dando paso a un nuevo capítulo en la historia de la Grecia Antigua.

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