La Isla de Pascua, “el ombligo del mundo”

Los primeros hombres llegaron desde el Este siguiendo la senda diaria del sol. O tal vez lo hicieron a través de Poniente, nadie lo sabe. En cualquier caso el mar les invitó a pasar, con el permiso de los vientos y las corrientes favorables. El motivo de semejante viaje sigue siendo tan misterioso como el papel jugado por la casualidad o el conocimiento en el éxito del mismo. Al pisar tierra firme descubrieron un mundo antiguo y virginal, decorado por el aislamiento y la exuberancia del bosque tropical. Más tarde llegaron otros, tal vez atraídos por el abrazo del mana, la energía espiritual que los dioses habían derramado sobre la isla. Con el tiempo, sus habitantes la llamaron de muchas maneras pero en Occidente conservamos el nombre que le puso su descubridor, el navegante holandés Jacob Roggeveen, aquella jornada de Pascua del año 1722. Sin embargo, siempre será conocida como Rapa Nui o en su defecto, el ombligo del mundo.

La isla de Pascua

Por aquel entonces la isla era un vergel en el que los árboles y las plantas trepaban por las colinas, los volcanes eran gigantes dormidos que conservaban su calor y el mar golpeaba con furia las paredes de los acantilados. El tiempo hizo que los hombres prosperaran allí, edificando una sociedad que se agrupó y dividió en clanes y familias, y que jamás supo avanzar hasta la edad de los metales. Los beneficios no eran excesivamente abundantes, pero ciertas prácticas agrícolas junto a la pesca y la caza en los días de bonanza, les permitieron mantener el nivel de vida durante generaciones. Todo cambió pasados los siglos, cuando los recursos empezaron a disminuir.

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Entretanto, los clanes alzaron las inmensas estatuas que, nunca mejor dicho, han sido y serán la cara visible de Pascua: los moai. Fueron arrancadas pacientemente de la misma roca volcánica con la que se formó el corazón de la isla, a golpes de talla, con un sentido ceremonial que hoy no alcanzamos a comprender plenamente. En un periodo de ochocientos años previos al siglo XVII, la isla se llenó de rostros de piedra de varias toneladas, que en su mayoría —una vez colocados en sus emplazamientos definitivos—, daban la espalda al mar, como centinelas vigilantes que supervisaban lo que sucedía en el interior sin importar el resto del mundo.  Al final de este periodo, surgieron los primeros indicios de escritura en la isla, el rongo-rongo escrito sobre tablillas, todavía de significado desconocido.

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De manera imperceptible, el bosque tropical redujo su extensión y cuando quisieron darse cuenta, la desertización había avanzado hasta llegar a un punto de no retorno. Quizás el clima también modificó el delicado equilibrio natural de la isla. Las cosechas se redujeron, y sin madera con que construir canoas la pesca cayó en picado. Algo sucedió entonces, y los clanes se enfrentaron en una guerra de aniquilación. El terror y la sangre se extendieron de punta a punta de Rapa Nui. La desolación fue extrema. Algunos buscaron refugio en los laberintos de cuevas que se extienden bajo tierra, donde hoy descansan sus cuerpos olvidados. El mana y la razón perdieron su poder y la historia de Pascua se sumió en la tragedia.

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Las tradiciones de la isla afirman que los moai se desplazaban andando desde las canteras hasta el borde del mar. Este es uno de los ejemplos de su posible modelo de desplazamiento, de acuerdo a las leyendas (National Geographic).

 Antes de la llegada de los europeos, todavía hubo tiempo para buscar una remanso de estabilidad, a través de un extraño ritual que ponía a prueba la habilidad, valentía y capacidad física de los hombres, a cambio del liderazgo de los clanes. En el espacio sagrado de Orongo, al suroeste, los guerreros y los sacerdotes se unían en el culto del hombre pájaro. Más allá de los acantilados emergían de las aguas tres promontorios rocosos en los que algunas aves, como el manutara, acudían anualmente a incubar los huevos de sus crías. El ritual exigía descender por los acantilados, nadar hasta la última de las rocas, coger un huevo de manutara y regresar con él hasta la cima de Orongo sin que sufriera daño alguno.

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Lo que llegó después casi acaba con el exterminio cultural de los indígenas. En 1722, el descubrimiento de los holandeses, la posterior llegada de otros grupos, las enfermedades desconocidas de origen europeo y la aberrante presencia de grupos de esclavistas, redujo la población a prácticamente un centenar. Hoy en día Pascua (Eastern Island), bajo soberanía chilena, es uno de los destinos más exóticos para miles de turistas de todo el mundo. La presencia de los moai y el misticismo que desprende el lugar ejerce como poderoso atractivo para un lugar paradisiaco, pero que en lo más profundo de sus raíces esconde el eco de un pasado que mezcla el esplendor y la tragedia. Es posible que ahora, en tiempos de paz, unos pocos indígenas puedan volver a sentir cómo el mana fluye por las colinas de la isla, a través de los inmensos rostros de piedra y en el seno de los volcanes dormidos que hace miles de años esculpieron esta tierra con roca y fuego.

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