“Ataque a los Titanes” (Shingeki no Kyojin)

Los mitos olímpicos narran la historia del mundo anterior a la era que conocemos. Dicen que la Madre Tierra brotó de lo más profundo del Caos primitivo. De ella nacería su hijo Urano, el cielo, pero también las flores y los árboles, las corrientes de agua y los seres vivos. Vástagos suyos fueron también los Gigantes de las Cien Manos, los Cíclopes de un sólo ojo y los enormes Titanes.

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“Cronos castrando a su padre Urano”, de Giorgio Vasari, 1564.

Pero el equilibrio de aquella sociedad sobrehumana no tardó en verse alterado por una traición; y un escarmiento… Fue su propia madre la que convenció a los Titanes para atacar a Urano mientras dormía. La sangre resbaló hasta la superficie de la tierra, y su hijo Crono, asumió la soberanía del mundo gobernando al lado de la Titánide Rea, su hermana y esposa.

En la cúspide de su poder, soplaron nuevos vientos que arrastraban a su paso el susurro profético de un terrible desenlace. La estirpe volvía a verse amenazada por la tragedia, como presa de una maldición. Los augurios profetizaron que uno de los hijos del poderoso Titán Crono, habría de nacer para destronarle. Tratando de evitar tan fatal destino, el Señor del Mundo comenzó a devorar a cuantos hijos daba a luz su esposa Rea, uno tras otro. Hasta que ella misma puso freno a la barbarie con el nacimiento del tercer varón. El niño recibió el nombre de Zeus e inmediatamente fue escondido en una cueva de la isla de Creta, para crecer a salvo entre las ninfas de la naturaleza. Sin saberlo, el Titán Crono, voraz caníbal, recibió una piedra envuelta en pañales para saciar su hambre. Inmediatamente la engulló, convencido de haber burlado los senderos del porvenir.

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“Saturno”, de Rubens (1636) y “Saturno devorando a su hijo”, de Goya (1819-1823). En la tradición latina, Saturno equivale al titán Crono.

Con el paso del tiempo el niño creció hasta convertirse en un hombre, y decidió abandonar su refugio. Durante aquellos años, el deseo de venganza contra el Titán había enraizado en su seno, hasta convertirse en un impulso irrefrenable. El detonante fue otro engaño y el camino, un bebedizo. Crono vació su copa y no tardó en vomitar a todos sus hijos. Incluso a la piedra con la que habían reemplazado a Zeus. Los descendientes liberados no dudaron en alzarse contra el gobierno de los Titanes, en una guerra que se prolongó durante una década y que terminaría con el propio Zeus sentado sobre el trono del Monte Olimpo, tal y como había sido profetizado.

De este modo, el poeta Hesíodo (aprox.750-650 a.C.) nos transmite en su Teogonía un mito de origen quizás oriental, plenamente asentado en Occidente desde la Antigüedad hasta el día de hoy. Aquellos dioses que manejaban la vida de los hombres desde la cima del monte Olimpo han perdido su carácter sagrado, pero constituyen la esencia de un mundo joven, con demasiadas preguntas y todavía ajeno al logos que prioriza el pensamiento racional.

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Los mitos griegos van más allá de cualquier limitación espacial, siendo parte ya, de la cultura universal. Como ya sucediera con otras obras adaptadas por los estudios de animación japoneses (“Ulises 31” o “Saint SeiyaCaballeros del Zodiaco” por citar un par de ejemplos), los creadores del país nipón exploran las raíces culturales del Mediterráneo en busca de inspiración. En este caso, y basándose en el concepto del titán como fuerza incontrolable, desbocada y fatal, el joven autor Hajime Isayama nos ofrece su propia versión del mito. A través del formato manga —y del anime creado a partir del éxito inicial—, los titanes vuelven a caminar y se extienden por toda la tierra sembrando el pánico en una nueva versión distópica llamada “Shingeki no Kyojin. Por aquí empezamos a conocerla como Ataque a los Titanes.

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La imaginación toma las riendas de la historia y nos sitúa en un universo atemporal, sin identificación clara pero muy influenciado por el desarrollo urbano de la Europa bajomedieval. No sabemos cómo ha sucedido, pero el mundo ahora es dominio de los titanes, seres antropomorfos y de rasgos humanos pero también gran tamaño y hambre voraz. Lo que queda de la humanidad se ha refugiado en una ciudad protegida por tres inmensas murallas con nombres femeninos: María (la exterior), Rose (intermedia) y Sina (interior). Su función no sólo es evitar el avance de los titanes sino también determinar la organización social en la ciudad: los estratos más altos en el interior y los más bajos a las afueras.

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Las murallas han permitido disfrutar de casi un siglo de paz, tiempo en que los hombres han terminado por olvidar el resto del mundo que hay al otro lado. Es ahora cuando conocemos al protagonista, Eren, un clásico personaje de este tipo de obras, marcado por el deseo de superación y la obsesión por erradicar a todos los titanes. Pero súbitamente algo sucede. Un enorme estruendo precede la aparición de un colosal titán que se asoma por encima de la muralla María, y de una patada la quiebra sin esfuerzo. El resto de los titanes que vagaban en las proximidades, entran en la ciudad desatando el caos entre los que huyen para escapar de la muerte.

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A partir de este momento arranca una historia desbordante de originalidad, pero que no abandona las directrices elementales del género. Cabe destacar el modelo elegido en la narración, que alterna el presente con el recurso del flasback y que en ocasiones tiene más interés que la historia principal, el diseño de los titanes que francamente, resulta perturbador, y el empleo de una tecnología que se adapta al entorno y al contexto sin rechinar demasiado.

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Para todos los amantes del manga o el anime resulta una obra francamente recomendable, aunque debe tener mucho cuidado en su camino hacia el desenlace de la historia y no caer en simplificaciones de la trama o nudos infinitos que son característicos de guiones que abordan un apocalipsis aparentemente pesimista. Por el momento, lo que hemos visto hasta la fecha, merece ser elogiado. El futuro sólo está en manos del autor.

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