“Cuatro Amigos”, de David Trueba

“Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas”. (Cuatro Amigos, Ed. Anagrama, 1999, p. 13).

Frase valiente y demoledora, sin duda, la que el autor emplea para dar el pistoletazo de salida a su segunda novela. A primera vista esto no pasa de una gamberrada, una road trip literaria al más puro estilo del cine grotesco norteamericano en el que se funden como uno sólo la juventud de los protagonistas, el sexo como máxima aspiración y el desmadre por tierras extrañas mientras los kilómetros de asfalto se desvanecen a la espalda. Pero hablamos de David Trueba, calidad desmedida, talento puro, garantía de que no hay lugar para banalidades. Todo lo que se escribe en estas páginas busca explorar significados más profundos; sensaciones de pérdida y desorientación, necesidad de cubrir vacíos sin fondo y/o anhelos hacia un pasado plagado de decisiones equivocadas.

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Nos encontramos ante una historia que no escapa de lo cotidiano. Un viaje estival de huída y búsqueda involuntaria, protagonizado por los amigos a los que se refiere el título. El interés del lector se despierta al descubrir que son cuatro vidas derrotadas que pasean por los límites de ese abismo de cambio que es la treintena. Aquí se analizan la amistad y sus vaivenes, el modo en que el pasado incide en el presente y éste puede hacerlo en el futuro, la necesidad de cambiar y el lastre de los recuerdos, o el estrangulamiento de lo cotidiano y el vacío del vivir.

Narrado con un lenguaje sencillo y directo, pero no exento de ese pulido literario que suaviza la rugosidad de la narración y lo hace delicioso al paladar, “Cuatro Amigos” es una aventura rebosante de momentos cómicos, de personajes imposibles y de situaciones tan absurdas como las que nos han tocado vivir en algún momento de nuestra juventud más imberbe. Eso convierte al texto en algo próximo y cercano, casi familiar. Los protagonistas nos hacen un hueco en esa furgoneta destartalada que apesta a queso desde el otro lado de las páginas y nos permiten ser partícipes del viaje “al centro de las piernas”, pero también de lo más profundo de sus sentimientos, de sus deseos y de los fantasmas que no dejan de acosar jamás.

Un libro muy recomendable, tanto por el humor desbordante como por el poso emotivo que deja al lector a la vuelta de la última página, obligándole a una la reflexión vital sobre el camino recorrido, la importancia del presente cuando los planes no tienen nada que ver con la realidad y el rumbo que debe elegir para que el futuro sea, por lo menos, un destino agradable para vivir.

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