“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”

Una de las primeras lecciones que todo buen novelista debe tener en cuenta a la hora de presentar su producto al público, es que el lector debe quedar atrapado en la tela de araña de las palabras cuanto antes, y si es desde la primera frase, mejor que mejor.

Desde el mes de julio del segundo curso de carrera hasta enero del año siguiente, Tsukuru Tazaki vivió pensando en morir. (Pag. 9).

Esta frase es una invitación directa a continuar la lectura —en mi caso funcionó, sin duda—, bajo el influjo de la curiosidad. Más adelante descubriremos que estamos ante una de las ideas que actúan como motor de toda la trama.

De la mano de Tusquets, su editorial en España, acaba de ver la luz la última obra de Murakami: Underground, una compleja aproximación a los atentados del metro de Tokio de 1995. Y digo compleja, porque el descenso a los infiernos nunca es fácil. Llegado el día, espero que podamos hablar aquí del resultado, pero por el momento, vamos a dar un paso atrás para quedarnos en su anterior trabajo, publicado en 2013 bajo el castellanizado título Los Años de Peregrinación del Chico sin Color.

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En esta novela, vamos a encontrar muchos de los parámetros estilísticos y recursos literarios que, de alguna forma, configuran la esencia de la obra de Murakami: la sensación de nostalgia que impregna cada página como la tinta impresa, el anhelo de los recuerdos, la incertidumbre ante el porvenir, lo que pudo ser y no ha sido, la sensación de pérdida o al menos ausencia de algo a lo que no se puede poner nombre, y sobre todo, la mezcla perfectamente equilibrada de cotidianeidad material y magia simbólica. Y por supuesto, también la música. En este caso, la banda sonora gira en torno a las notas extraídas de un piano por el virtuoso maestro austriaco Franz Liszt. Podéis acompañar la lectura con el suave fondo de la música haciendo click en el siguiente enlace que dirige al audio almacenado en la plataforma ivoox:

Armonía 13. “Le mal du pays”, de Franz Liszt

Un día, mientras escuchaban un álbum de piano, Tsukuru se dio cuenta de que aquella pieza la había oído antes, y más de una vez. Desconocía el título de la obra y el compositor. Pero era una música serena y cargada de aflicción. Se iniciaba con un dramático tema principal, consistente en una lenta sucesión de notas. Le seguían sosegadas variaciones. Tsukuru levantó la vista del libro que estaba leyendo y preguntó a Haida de qué pieza se trataba.

—Es Le mal du pays, de Franz Liszt. Forma parte del libro Première Année: Suisse, de los Años de peregrinación. (Págs. 61-62).  

En el párrafo anterior encontramos a nuestro protagonista, Tsukuru Tazaki, un treintañero en el tiempo presente de la narración, que trabaja en la construcción y supervisión de estaciones de ferrocarril. Como la de otros muchos personajes masculinos de Murakami, la vida de Tsukuru avanza hacia un destino incierto, dejándose llevar por la corriente de la sociedad en la que vive, y planteándose temas recurrentes como la soledad o la necesidad de amar. No tardamos en descubrir que está iniciando una relación con una mujer mucho más decidida y resuelta —en el universo de Murakami las mujeres siempre están un paso por delante—, llamada Sara, que actúa como un catalizador de los acontecimientos que constituyen el eje de la novela.

En un determinado momento del pasado adolescente, Tsukuru formaba parte de una pandilla de cinco amigos. Ahí está presente el simbolismo cromático que también vemos en el título del libro, porque en la variación de significados que aglutinan los ideogramas caligráficos de la escritura japonesa, el nombre de cada miembro de la pandilla, hace referencia a un color: amarillo, verde, azul y rojo. Todos menos Tsukuru, cuyo nombre no alude al color, de modo que, es el chico sin color. Súbitamente, como si la tierra se abriera bajo sus pies para tragarse toda la realidad conocida, Tsukuru es repudiado por sus amigos sin explicación alguna. Eso le genera una herida terrible, que nos lleva a la primera frase de la novela y a un lento proceso de sanación a través de los años hasta llegar al tiempo presente. Pero es Sara, esa chica que no es como las demás chicas de Murakami, que no es apasionada ni excéntrica, la que observa en Tsukuru el daño que no se ha curado con el tiempo, sino que simplemente se ha tapado sin desaparecer. Ese daño es lo que le impide avanzar. La única solución es volver atrás, arreglar el pasado y liberarse de una losa demasiado pesada.

Se ha criticado la aparente sencillez de esta obra, en aspectos tales como el estilo narrativo, la estructura o el argumento mismo. Pero creo que es precisamente ahí donde reside el mérito del autor. Es capaz de relativizar la dificultad de las cosas. Tiene la habilidad de absorber al lector con un texto tranquilo y casi cotidiano, donde caben, porque siempre caben, suaves dosis de irrealidad. En este caso son tan profundas en su significado como discretas en su presentación. Recordemos por ejemplo, el hermoso relato del pianista Midorikawa, todo un ejemplo de “metahistoria”, de cuento dentro del cuento. El desdoblamiento del tiempo nos avisa de la presencia fugaz de la metafísica, y la angustia onírica, tan importante en Murakami, vuelve a servir para atormentar a los personajes al caer la noche.

Cuando nos aproximamos al tramo final, donde la incertidumbre se adueña otra vez de las palabras, nos topamos como por accidente con una controversia ya conocida: el desenlace sabe a poco. De tan subjetivo resulta descafeinado, y más parece una invitación para que la mente del lector continúe rellenando los espacios en blanco. Pero eso ya lo conocemos. Empieza a ser algo habitual. Y pensándolo bien, no importa demasiado porque lo mejor de Murakami no es la meta, sino el camino recorrido que se dirige hacia ella. Habla de recuerdos, de asuntos pendientes, del pasado que lacera el alma como un animal furioso. En alguna línea más arriba me he referido a todo esto como “losa”. En definitiva, lastre. Piedras que cargamos a la espalda, conscientemente o no y que no nos dejan avanzar con agilidad. Y tened por seguro que lo realmente importante en esta vida es seguir avanzando, incluso cuando volvemos la mirada. Porque nuestra meta está en algún lugar que no conocemos. Siempre, al otro lado de la línea del horizonte.

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