El oscuro verano de Mary Shelley

Creo que esta historia, muchas veces contada, es de esas que nunca pierden el interés por la evocación cíclica. Quizás se deba al ambiente, quizás sea por el aroma a goticismo literario, quizás por el producto final resultante, ¿quién sabe?

Sucedió durante un verano de costumbres de otoño, de frío, de lluvia, de cierta melancolía, un puñado de meses hundidos en la historia de nuestra Europa doliente, cuando el continente aun se estremecía si alguien pronunciaba el apellido Bonaparte. Los paisajes que nos rodean son los propios de las regiones que crecen a la sombra de los Alpes y a orillas del fronterizo lago Lemán. Todo en el escenario parece dispuesto a propósito para ambientar la narración decimonónica. Atención, está a punto de acontecer una gran reunión de literatos.

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En ese tiempo de estío de 1816, el poeta británico Percy Shelley se ha instalado en Suiza junto a su esposa Mary. Pasan días de estudio, de reflexión, de creación y maduración de ideas, de paseos a la orilla del lago y de convivencia en la villa del excéntrico Lord Byron con algunos de sus invitados.

Pero el verano se hizo húmedo, poco propicio y, a menudo, una lluvia incesante nos confinaba durante días enteros en la casa

(Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo, Introducción a la edición de 1831).

Los días de lluvia, cada vez más frecuentes, obligaron a posponer los paseos por la naturaleza, pero al mismo tiempo y de manera insospechada abrieron un nuevo mundo de posibilidades. Cada tarde el fuego de la chimenea convocaba a los presentes, y en torno a ella se sucedían tertulias, comentarios ingeniosos, otros tantos más frívolos, las lecturas clásicas y las declamaciones magistrales de Percy Shelley. Al caer la noche el protagonismo era para lo que permanece oculto, para las historias traducidas del germánico donde fantasmas, espantos, aparecidos y regresados, campaban a sus anchas entre la tinta y el papel. El espectro, tan sugerente entonces como ahora, encendía la imaginación entre el crepitar de la chimenea y la caricia de la lluvia en las ventanas. Atrapado por semejante ambiente, cierta noche el anfitrión propuso un juego a sus invitados.

“Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas”, dijo Lord Byron; y su propuesta fue aceptada.

(Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo, Introducción a la edición de 1831).

Byron, Percy Shelley y el Dr. John William Polidori, se esforzaron en la creación de historias efímeras, algunas de las cuales cobrarían fuerza tiempo después, como el relato El Vampiro, de éste último. Pero Mary quiso escribir una historia más profunda, arrancada de raíz de la esencia y las miserias del ser humano:

La mía habría de ser una [historia] que hablara de los misteriosos temores de nuestra naturaleza y que causase horror; que hiciera a los lectores mirar a su alrededor, que les helase la sangre en las venas y que acelerase los latidos de sus corazones. De no lograr mis propósitos, mi historia de espantos no sería digna de ese nombre.

(Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo, Introducción a la edición de 1831).

Durante días esbozó su relato mentalmente, sin importarle demasiado la mejora del tiempo en el exterior ni que sus “rivales” abandonasen el pasatiempo creativo para dedicarse a otras distracciones. Finalmente, el monstruo del relato despertó.

La idea se había apoderado en tal forma de mí, que el miedo me hizo estremecerme y quise sustituir la lúgubre imagen de mis fantasías con la realidad circundante.

(Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo, Introducción a la edición de 1831).

Mary comenzó a escribir de manera febril, primero con la idea de hacer un relato corto y después olvidando por completo los límites de la narración. Poco a poco tomó forma el científico, la criatura fabricada con pedazos de otros cuerpos, el horror de quien se arrepiente de la obra creada y la rabia del rechazado porque es diferente. Y sobre todo, se hicieron presentes la venganza y la muerte.

Imaginándonos en una butaca del salón de Villa Diodati, la residencia de Byron, aislados por el frío y la lluvia, alumbrados por las velas y el fuego de la chimenea, escuchando las lecturas de Percy Shelley mientras ideamos otras nuevas, ¿quién puede afirmar que historia detrás de la novela, el proceso creativo que alumbró Frankenstein o el moderno Prometeo, no es tan evocador como la propia obra de Mary Shelley?

No tengo nada más que decir, parece que ya es medianoche. Un momento,  ¿qué ha sido eso? ¿Hay alguien ahí?

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