Pioneros, viajeros y mensajes a las estrellas

Normalmente escucho música mientras escribo. Es una vieja costumbre que me ayuda en eso de la concentración y me permite dejar al margen otros estímulos, al menos durante un buen rato. Ahora suena en mis auriculares, en una lista de reproducción aleatoria, la Orquesta de Munich interpretando a Bach en el Concierto de Brandemburgo (No. 2 en fa mayor, para más detalles). Lo que puede resonar en tu cabeza como respuesta inmediata, amig@ lector/a, es el detector de pedantería masiva o “postureo is comming”, (expresión que desde hace varios meses se puede usar sin temor gracias la última actualización modernista-anglo-web del castellano).

Pues no, error, nada de eso. Por mi lista de reproducción han pasado también el blues rasgado de Louis Armstrong, un mariachi mexicano interpretando “El Cascabel”, una suave melodía de flauta japonesa que te suplica que cierres los párpados, uno de esos temas que se tocan al ver caer el sol del atardecer en los estados sureños, una zampoña del Perú que dibuja paisajes indígenas y el Johnny B. Goode de Chuck Berry, que por cierto, fue interpretado por Michael J. Fox en el baile de fin de curso de Regreso al Futuro.

¿Que de dónde he sacado esta ensalada de estilos sin aparente relación entre sí? De un disco de oro que ahora mismo está flotando en el espacio interestelar, fuera de los límites del Sistema Solar, esperando que algún día caiga en manos de una civilización extraterrestre de la que desconocemos incluso su propia existencia.

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El físico británico Stephen Hawking ya vaticinó, a modo de advertencia basada en premisas y ejemplos humanos, lo que podría sucedernos si algún día nos encuentra una civilización más avanzada. Pese a todo, la búsqueda de vida en otros mundos, ese “¿hay alguien ahí?” gritado hacia una inmensidad sin eco, esa necesidad de conocer el vecindario cósmico parece perseguirnos. Y no son pocos los mensajes enviados al espacio, cartas embotelladas que se arrojan al océano con la esperanza de que algún día caigan en ¿manos? de otra inteligencia galáctica.

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El primer ejemplo nos traslada a comienzos de los años 70. Todavía estaba fresca la huella en la luna y el programa Apollo trataba de demostrar la conveniencia de sus misiones por encima del coste y la derrota asumida del bando soviético. La NASA lanzó entonces dos sondas hermanas, con apenas unos meses de diferencia, las versiones 10 y 11 respectivamente de la misión Pioneer. Estas sondas Pioneer tenían como destino Júpiter, Saturno y los cuerpos exteriores del Sistema Solar. Gracias a ellas obtuvimos algunas de las primeras imágenes de estos planetas. Acto seguido y como estaba previsto, el tirón gravitacional las empujó aún más lejos.

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Las sondas Pioneer tenían fijada una pequeña placa con información elemental del mundo del que procedían. Bajo la responsabilidad de Carl Sagan y de Frank Drake (uno de los mayores impulsores del proyecto SETI y responsable de la ecuación que lleva su nombre), se grabó un mensaje que quizás algún día, dentro de miles de años, pueda llegar a ser interpretado por quien lo encuentre.

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Sobre una silueta de la sonda Pioneer, vemos la representación de un hombre y una mujer, desnudos, cumpliendo con un canon estético que corresponde al ejemplo promedio del ser humano. Por si alguien duda de la intención del mensaje, el hombre alza la mano en señal de buena voluntad. En la parte superior izquierda hay una representación esquemática que alude al hidrógeno como el elemento más común del universo conocido. Bajo éste, unas líneas radiales indican la dirección de los púlsares más cercanos mientras convergen en un epicentro que representa al sol. Una civilización avanzada comprendería que ahí está escrita la dirección para llegar a la Tierra. Finalmente, en la parte inferior vemos una representación del Sistema Solar con los planetas ordenados por su proximidad a la estrella y la sonda partiendo del planeta Tierra.

A día de hoy se ha perdido el contacto con las sondas Pioneer. No así con las Voyager, que también llevan un particular mensaje.

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Las sondas Voyager (1 y 2) fueron lanzadas en 1977 con un propósito similar al de las Pioneer. Llegar a los planetas exteriores, fotografiar su superficie y efectuar otros experimentos microanalíticos más complejos antes de aprovechar la gravedad de los gigantes gaseosos para incrementar su velocidad y proyectarse hacia el espacio profundo.

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Además de retratar la gran mancha roja de Júpiter, la Voyager-1 nos envió la famosa fotografía Pale Blue Dot, que nos debería dar un bofetón de humildad cósmica. Muestra a la Tierra como un insignificante punto azulado que flota en un rayo de luz.

De la “viajera” sabemos que continuó su camino y finalmente abandonó los límites del Sistema Solar (recientemente) para encaminarse hacia lo desconocido.

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En las sondas Voyager, el mensaje codificado es mucho más completo. En un disco de oro titulado The Sounds of Earth, se grabaron asimismo referencias a nuestra ubicación dentro del mapa de la galaxia y una completa selección de sonidos e imágenes de la Tierra.

  • La recopilación se abre con un mensaje esperanzador del Secretario General de las Naciones Unidas, que da paso a una pista en la que hombres y mujeres saludan en todos los idiomas del planeta, (clásicos incluidos como el sumerio o el acadio).
  • Después escuchamos el sonido de lo cotidiano: animales, fenómenos atmosféricos, máquinas y tecnología, y el ejemplo inherente de lo que significa para todos nosotros la palabra “protección”; un beso, un bebé que llora y la voz de su madre que consigue calmarlo.
  • A continuación aparece la selección musical de la que os hablaba al principio, músicas de todo el mundo, clásicos europeos, aborígenes africanos y oceánicos, cantos indígenas, folklore tradicional… ni pedantería ni postureo,  simplemente pinceladas de arte disparadas al núcleo de las emociones particulares. (¿No es cierto ?).
  • El disco incluye también una grabación prolongada de ondas cerebrales y una colección de más de cien imágenes de mapas, coordenadas matemáticas, planetas, ejemplos anatómicos, paisajes y animales y escenas cotidianas del ser humano.

En este proyecto también estuvo presente Carl Sagan, que ya entonces reconoció la dificultad de que estas “pruebas de vida” fueran halladas en una inmensidad inabarcable. Sin embargo, ¿no es hermoso pensar simplemente en la posibilidad? Imaginemos por un momento que cierto día, mañana mismo o al cabo de varias décadas, llega hasta nuestro Sistema Solar una nave con un mensaje semejante. ¿Cuál sería nuestra reacción? ¿Seríamos capaces de asumir su significado? ¿Cómo se viviría el día siguiente después de saber que no estamos solos en este paisaje oscuro e intangible en permanente evolución? No obstante, tranquilos, creo que por el momento nadie ha llamado a nuestra puerta.

Sólo una cosa más. ¿Os parece buen momento para recordar la famosa cita de Clarke a propósito de todo esto? Ahí va:

Existen dos posibilidades: que estemos solos en el universo o que no lo estemos. Ambas son igual de terroríficas”. Arthur C. Clarke.

¿Qué música os apetece escuchar ahora?

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