El desorden que has dejado… entre los vivos

Aparentemente da la sensación de ser un lugar pequeño, aunque no tanto como para ser llamado con insolente aire despectivo, pueblo. La memoria me recuerda que hay un puente romano, un restaurante familiar erigido sobre lo que alguna vez fue un antiguo molino que giraba con la corriente, una cafetería decorada (entre otras cosas) con la cabeza de un ciervo y regentada por el estereotipo de una oronda mujer gallega, un lustroso edificio de aguas termales con una cúpula de cristal que sirvió como hospital militar, cárcel, y que hoy es un Instituto de Educación Secundaria —y que por su pasado penitenciario se presta al chiste fácil—. También hay pistas forestales, pozas naturales de aguas calientes, un embalse, un cementerio, el cuartel de la Guardia Civil y la sombra de una urbanización que se ha quedado en un buen puñado de esqueletos de edificios a medio construir. Se llama Novariz, no existe más allá de las páginas de una novela, pero en los meses de invierno se cubre de una bruma fría que atenúa la luz del sol hasta darle el aspecto indeterminado de eso que se ha llamado romanticismo o aire gótico, y que todos podemos llegar a imaginar.

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Portada de El desorden que dejas, de Carlos Montero. Premio Primavera de Novela 2016

Es allí donde llega una pareja tan normal o tan extraña como pueden serlo todas las parejas, con algunos años de vida en común a cuestas que, porque las cosas cambian, empiezan a pesar en el ánimo de los protagonistas. Ella se llama Raquel, es hija de una madre prestigiosa en lo profesional y no tanto en el papel de madre, que nunca vio con buenos ojos al hombre con el que terminaría casándose su niñita ni el oficio que por vocación tardía, acabó desempeñando.

—«¿De verdad te vas a poner a preparar unas oposiciones para profesora de instituto? ¿Tú? ¿En tan poquito te valoras? ¿Quieres enterrarte hasta los sesenta y cinco entre las paredes de un colegio?» —y nunca le gustó que tuviera tan poca ambición— «Algún día te darás cuenta de lo que vales, y ojalá no sea tarde, tan lista y tan pánfila»—. Así era ella, y eso cuando la pillaba de buenas.

El desorden que dejas, Carlos Montero

Raquel forma parte de ese ejército de valientes idealistas que se dicen interinos y que no le temen —o sí, ¿quién sabe?— a la incertidumbre, a las carreteras secundarias que se prolongan hasta el fin del horizonte, a las aulas cargadas de chicos que casi seguro no van a poder conocer más allá de lo superficial porque la sustitución es apenas para unos días, a los exámenes, al tribunal que ha de juzgarlos en cada nueva oposición, a la escasa consideración social y a ese centímetro de vacío que separa el funcionariado de la punta de sus dedos y que parece no tener intención de desaparecer nunca. Como itinerante profesora de literatura es destinada a Novariz para cubrir una plaza de manera temporal.

Con ella llega su marido Germán, por casualidad oriundo del lugar, donde parte de su familia regenta O Muíño, nombre de aquel restaurante-molino de agua del que hablamos al principio. Si Raquel es la representación de los luchadores, Germán lo es de los derrotados de la sociedad contemporánea, de esos cientos de miles de españoles que están a punto de arrojar la toalla después de tratar en vano una y otra vez recolocarse en un nuevo empleo.

—¿Tú sabes lo frustrante que es llevar dos años en el paro? ¿Lo inútil que me siento? Que no levanto cabeza. Que intento que no me afecte al ánimo, tener perspectiva, soy joven, estoy sano, te tengo a ti, y hay cosas peores, como que se te muera un padre y que tu madre se quede viuda, pero por más que quiera ser positivo, todo se me hace cuesta arriba. Y que hay días que ni quiero salir de la cama. Que solo me entran ganas de llorar, coño. Llorar y emborracharme.

El desorden que dejas, Carlos Montero

Un rápido vistazo a la situación social y económica de Novariz nos lleva a pensar que tal vez, y sólo tal vez, los paisajes de la infancia de Germán no resultan los mejores lugares para volver a empezar. La crisis ha golpeado con fuerza a los vecinos, quienes literalmente consideran, que les han robado el presente y el futuro.

Y se empiezan a ver algunos edificios en muy mal estado. Qué rápido se deteriora todo y qué triste pensar que este puede ser otro de esos pueblos que se queda atrapado en el tiempo. Como si la vida se escapara a otros lugares más prósperos. Como si hasta las horas y los días quisieran huir de aquí. Todo empieza a oler a pasado.

El desorden que dejas, Carlos Montero

Entretanto Germán escribe. O lo intenta, porque es incapaz de proponer un orden estético a las palabras que brotan de su cabeza. Algunas veces experimenta una experiencia peor, cualquier escritor lo sabe: esos periodos en los que las palabras no brotan, la simiente parece reseca, la frustración lo abraza todo y las palabras de ánimo sirven de muy poco. Él es un escritor aficionado sin fuerza ni ánimo. Ella una profesora de literatura que habrá de afrontar una situación que escapa de su control. Y en torno a ellos, los secretos amenazan con devorarlo todo.

“El desorden que dejas” se presenta al público con el aval de un premio literario de prestigio, el Primavera de Novela (2016) de la editorial Espasa/Planeta, para el que se ha valorado “la creación de unos personajes verosímiles y cercanos envueltos en una trama dramática y vertiginosa, ambientada en un instituto gallego y en la que se mezclan intereses y turbios secretos” según el jurado. Hay quien desconfía de los grandes premios, quien ve en ellos un evidente ánimo mercantil, quien debido a eso juzga con mayor dureza el trabajo del premiado. Más que nunca, el caso que nos ocupa está abierto a debate. Un primer vistazo nos invita a pensar que el autor bebe de las mismas fuentes en las que ya otros mojaron los labios: misterios rodeando el final de la vida, silencios, secretos, escenarios rurales en los que predomina el tedio y personajes secundarios que ocultan las piezas de un puzzle tendente a la convergencia.

El mayor interés de esta construcción narrativa se concentra en la primera parte de la misma, donde se modelan los escenarios con destacada habilidad y los personajes principales transmiten sutiles esencias de proximidad al lector, merced a una narración en primera persona de la protagonista que se desplaza a la tercera más distante cuando nos alejamos del foco principal. En la novela se abordan interesantes cuestiones con las que cualquiera puede identificarse fácilmente, tales como la muerte, lo irreversible, el sentimiento de culpa, el paro, o los riesgos invisibles de las redes sociales y la web. La escritura está dotada de buen ritmo narrativo, atrapa la atención mediante trucos literarios dispuestos sin demasiado disimulo y usa un verbo desprovisto de alardes para que las páginas se desmenucen entre los dedos. Consumo rápido, carne de best-seller que lamentablemente va decayendo a medida que los capítulos van quedando atrás.

Algunas veces los autores olvidan que sólo han dotado a sus personajes de ciertas habilidades o capacidades comunes que, mejor o peor, les permiten sobrevivir en el terreno de lo cotidiano, pero resultan insuficientes para batirse el cobre al cruzar el umbral de lo que Campbell llamó “el camino del héroe”. Otras veces están poco definidos o tienen dones extraordinarios que obligan a plantearse el por qué siguen sentados en un pupitre de secundaria. El resultado final es la inconsistencia, la incapacidad para resistir un análisis crítico y la violación de las reglas del juego que se plantean al inicio de la novela. Lo peor de “El desorden que dejas” es llegar a ese momento en el que la fuerza se ha desvanecido y poco importa ya si el mayordomo fue en realidad quien estranguló  a la víctima o simplemente se limitó a servir la cena. En una obra del género, esto resulta demoledor.

Lo mejor que podemos hacer es dejarnos llevar hasta sentir el frío de Novariz calando en los huesos, consumir una lectura tan apetecible como una hamburguesa bien jugosa —aunque sin bebida ni patatas fritas—, y juzgar por uno mismo sin prestar demasiada atención a lo que se pueda opinar por ahí.

Después de todo, estamos ante una novela premiada y eso es una garantía. ¿O no?

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