Más allá de La Carne, de Rosa Montero

La Carne de Rosa Montero, ha llenado mi escritorio de notas dispersas, apuntes garabateados al vuelo en pedazos de papel durante la lectura de la novela. Al repasarlo todo antes de sentarme al teclado, me ha invadido una repentina sensación melancólica. También una visión nebulosa, en la que la biografía de la protagonista del relato, llamada con sentido cruel Soledad, avanzaba despacio como una sucesión de escenas ralentizadas en la sala de montaje. Mientras, de fondo, sonaba el sensible piano de Ludovico Einaudi, limpio y tranquilizador, como dice la narración. Un buen recurso para maximizar el efecto desgarrador de una vida a millas de distancia de la plenitud emocional.

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¿Qué era peor, que nunca te hubieran querido o que te hubieran dejado de querer?

La Carne, Rosa Montero

La misma música me acompaña cuando miro el interior de un armario por el ojo tentador de la cerradura. En la penumbra se aciertan a distinguir las siluetas sombrías de dos niñas. Al parecer se esconden mientras juegan a fingir que la vida simplemente es eso, un juego. Creo que se miran, que sonríen nerviosas, que se colocan alternativamente el dedo índice sobre los labios para invocar el silencio. Lo más importante ahora es no hacer ruido. Yo no escucho nada. Sólo soy un espectador de la escena entre las notas de Einaudi, que sirven para liberar sentimientos y ocultar los gritos que resuenan cerca.

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La autora (imagen: http://www.rosamontero.es)

La obra insinúa que el modo de sobrellevar los años de la niñez determina la personalidad de adulto; afirma que los jóvenes tienen la errónea certeza de que serán distintos del resto de los ancianos cuando les llegue su momento; o que todo se vuelve siniestro cuando el horror irrumpe en lo cotidiano. Esto último lo dice Freud; ¿O es la protagonista quien dice que lo dice Freud?; ¿O es la autora la que le susurra la protagonista lo que Freud quizás llegó a decir? Todo un juego de espejos rebosante de afirmaciones que pesan como losas y medias verdades que nos llevan a rebuscar más allá de la obra. La metaliteratura está aquí presente como en la novela del Ingenioso Hidalgo, y los personajes de carne y hueso pierden su sentido dimensional hasta mezclarse entre la tinta y el papel como ya lo hiciera el propio Cervantes. Es el juego de la escritura, a veces visible y otras escondido, como el sentido real de la narración.

Porque más allá de lo llamativo, de lo evidente, del escándalo social o el reproche moral, esta historia habla del paso del tiempo, de cómo la edad invita a las reflexiones metafísicas, a pensar que la eternidad no es un buen lugar para el ser humano, que no hay modo alguno de volver a empezar, que los años acaban con la juventud y la piel tersa, y que la vida, aunque nos duela, suele resultar irreversible.

Se acostaron e hicieron el amor con la luz apagada, como los matrimonios. La carne fue gloriosa, como lo era siempre. Luego se desearon buenas noches y Soledad se durmió llorando.

La Carne, Rosa Montero

Seguir hablando de La Carne supondría hablar de más, y por eso no hay aquí intención de deslizarnos por los senderos del argumento. Tampoco ánimo de rasgar un envoltorio que no es tan importante como el propio regalo que se esconde dentro. La invitación a la lectura ya está hecha, con dos recomendaciones: tratad con cariño a Soledad, no soporta las críticas, se derrumba enseguida; y leed cuando antes, porque el tiempo se escurre entre los dedos sin que no demos cuenta de que ha pasado por aquí.

«No entres dócilmente en esa larga noche, / La vejez debería arder y enfurecerse al concluir el día, / Rabia, rabia contra la muerte de la Luz», escupió con lucidez Dylan Thomas.

La Carne, Rosa Montero

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